La nada y el ser

En las altas esferas del poder se consolida una tendencia que lleva a confundir las promesas con realidades. Podríamos pensar que se trata de una confusión filosófica profunda entre la nada en la que se hunde el país y el ser que nos venden las redes sociales. En nuestra provincia de Loja, afilamos la mirada a nuestros horizontes y los encontramos vacíos, pletóricos de nada. Nuestras modestas vías, tan pobres en su concepción y ejecución, se desvanecen rápidamente, se ahogan en el olvido de las autoridades, con la bendición de nuestra pereza y el viático de nuestra complacencia. La idea misma de la obra pública como una de las finalidades principales del Estado, ha desparecido de nuestras perspectivas. Ya no creemos que sea posible alguna forma práctica de viajar por vía terrestre, aceptamos las tremendas dificultades de transporte, las tragedias viales y el aislamiento como las imprescindibles condiciones impuestas, desde siempre, por esos míticos funcionarios que emanan ordenes misteriosas y terminantes. Aquellas órdenes que nos expulsan del progreso y de la vida decente provienen de Quito, se fraguan en la sede de los ministerios, en despachos y oficinas en los que generalmente se ignora que algo existe más allá de las fronteras pichinchanas, que alguien puede vivir fuera del círculo de comodidad y privilegios en el que los ministros y los altos funcionarios se desenvuelven. Que existe algo en la nada.

Mientras tanto en la televisión, en las redes sociales, en las entrevistas pactadas, el Ecuador de la nada adquiere una existencia etérea, idílica, perfecta en todos sus contornos. Las obras públicas florecen, los puentes renacen, el comercio y el turismo adquieren nueva vida. La ilusión vence por goleada a la realidad y todos preferimos esa ilusión, preferimos la nada. Seguramente cuando votemos en noviembre escogeremos una rotunda ratificación de la nada y abrazaremos la miseria como esa cómoda frazada que acuna nuestro conformismo.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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