En la tarde calurosa la lluvia se filtra por una ventana rota. Un maestro cansado trata inútilmente de sujetar un pedazo de plástico para evitar que los niños se mojen. Por fin se rinde y se dirige a su clase para tomar lista. Tal y como lo sospechaba faltan algunos alumnos. Evita preguntar porque teme una respuesta que ya ha escuchado muchas veces. Sabe, en el fondo, que ellos ya no volverán a recibir sus clases. Sabe que ya pertenecen al mundo tenebroso de la delincuencia organizada. Mira con tristeza el aula desvencijada, el escudo corroído, el mapa amarillento, la ventana rota y los niños malnutridos que con grandes ojos de esperanza aguardan sus palabras. Es poco lo que puede decir. Vuelve a la vieja lección de historia, retoma el gran “Cuento de la Patria” de Benjamín Carrión. Se trata, precisamente, del espacio que con gran pompa se destina a la cívica. Un estudiante ha traído un periódico y lee en voz alta la ominosa noticia de un déficit cuantioso que impide la atención social, la obra pública, el cuidado de la salud y el combate a la delincuencia. “El Estado está quebrado», murmura el maestro con gesto de derrota.
Una niña eleva con voz inocente una idea aún más inocente. “¿Qué pasaría?”, pregunta esta niña, “¿qué pasaría si nuestros acreedores nos perdonaran nuestras deudas?, escuché que muchos de ellos son ecuatorianos; todos debemos ser solidarios; si ellos nos perdonan parte de los que debemos, al menos los intereses, ya se podrían hacer muchas obras”. El profesor sonríe y piensa en esa solidaridad nacional que solo aplica para los más pobres. Sacude la cabeza como se hace frente a lo imposible. “Son sueños de niños, ilusiones de niños”, murmura para sí y vuelve a tratar de cerrar el paso a la lluvia con el plástico orgulloso y rebelde que también se niega a ser solidario.
Carlos García Torres
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