En Loja ya no se escucha el ruido del agua en cañerías. Lo que se escucha es el sonido de baldes arrastrados, puertas que se abren con zozobra cada vez que pasa un tanquero, y la voz de vecinos que preguntan si alguien sabe a qué hora llegará el agua hoy, o si llegará.
Cuando hablamos de ‘barrios afectados’, no solo son nombres en un mapa son familias enteras que llevan días sin poder ducharse, cocinar con tranquilidad o limpiar sus casas. Son adultos mayores que deben cargar agua desde tanques comunitarios, niños que van a la escuela sin haberse podido asear, madres que racionan cada litro como si fuera oro.
Lo doloroso de esta crisis no es solo la falta de agua, es la sensación de que no estábamos preparados, de que no hay un plan real para responder a emergencias como esta. Vivimos en una ciudad con historia de planificación y cultura cívica pero hoy se evidencia que la infraestructura no estuvo a la altura, y que la respuesta institucional ha sido más reactiva que preventiva.
Loja no puede normalizar vivir sin agua. El acceso al agua potable es un derecho básico y no un privilegio ocasional. Y esta situación debe ser una llamada de atención para todos: autoridades, instituciones educativas, medios de comunicación y también para nosotros como comunidad.
Es momento de exigir transparencia, soluciones reales y por supuesto planificación a largo plazo. Pero también es momento de actuar desde nuestros hogares: evitar el desperdicio, apoyarnos entre vecinos y cuidar cada gota como si fuera la última.
Hoy, Loja tiene sed no solo de agua, sino de liderazgo, de empatía y compromiso con el bien común. Que esta crisis no pase como una más, sino que sea el punto de partida para una Loja más preparada, consciente y más justa.
María Lisseth Feijoó Coronel
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