Coherencia entre el arte y la ética

El arte por su naturaleza, constituye un diáfano reflejo de los valores y principios de toda sociedad. Más allá de su función estética, debe inspirar integridad, justicia y respeto, siendo una herramienta poderosa para fomentar una ciudadanía consciente y comprometida con el bien común.

En una ciudad como ésta, donde el arte y la cultura se han convertido en nuestra mejor carta de presentación, resulta imperativo que las acciones respalden los valores que decimos defender. La coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace es un reflejo de nuestra ética y del respeto hacia quienes dedican su vida a la creación artística.

Sin embargo, ha sido lamentable palpar ciertos episodios que evidencian lo contrario. Todavía existen entidades u organizaciones públicas y privadas que, al momento de organizar eventos, festivales o concursos, con bases aparentemente claras que motivan la inscripción de diversos participantes con ilusión y esfuerzo. Pese a la publicidad previa, sin ninguna información, se desvanece toda huella del proceso, se declaran concursos desiertos sin transparencia, ni notificación sobre estas participaciones. Así mismo se han palpado eventos culturales que evidencian incumplimiento de las reglas: ya que no se respetan normas tan básicas, a pesar de que año tras año se llega a reclamar lo mismo.

Estas acciones nos envían un mensaje preocupante: que las reglas son decorativas, que el esfuerzo de los artistas no es valorado, y que la corrupción, el irrespeto y la falta de seriedad están normalizados en nuestra sociedad. Si no somos capaces de respetar nuestras propias normas, promovemos un sistema donde todo vale, debilitando la confianza en nuestras instituciones y desmotivando a quienes de forma coherente y respetuosa cumplen con los parámetros establecidos.

La cultura no solo se construye con grandes eventos o discursos. Se evidencia en cada acto, por pequeño que parezca. Respetar las bases de un concurso es respetar a los artistas y al público. Si queremos una ciudad y un país donde la cultura sea emblema de orgullo, empecemos por dar el ejemplo. La corrupción y el irrespeto no tienen cabida en una sociedad que se dice culta.

Lucía Margarita Figueroa Robles

lucia.figueroa@unl.edu.ec

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