Imagen del bochorno

Hay imágenes que merecen ser parte de alguna antología del bochorno. No sorprende que muchas de ellas sean parte del mundo de la política ecuatoriana, lugar en que lo improbable es una regla, una triste regla, cuando quisiéramos que apenas sea una excepción.

En la conmemoración de la Independencia de Guayaquil, el presidente de la República condecoró con la orden Gran Cruz, a su padre, Álvaro Noboa, aduciendo «su destacada trayectoria empresarial, filantrópica y su contribución al desarrollo del país». Mientras en el país habían cortes de luz de diez horas, el presidente y sus acólitos batían palmas para el condecorado, quien visiblemente desencajado, festejaba el falso honor que se le entregaba. El reconocimiento transparente que se logra con honestidad a lo largo del tiempo les fue esquivo, y para lograrlo, su hijo tuvo que dárselo en la tarde de su vida.

Lo justificaron por filántropo, pero se les olvidó que sus empresas han violentado durante muchos años los derechos de sus trabajadores y sus familias, y que su fortuna se levanta sobre la sospecha de haberles quitado a sus hermanos la herencia de su padre. Se les olvidó también, que es de los más grandes deudores de impuestos del país, y que, en cada una de sus derrotas en su afán de ser presidente, fue el hazmerreír de la gente, a quien siempre buscó comprar con caridad y dádivas.

Mientras para unos se encienden todas las luces, la gente enciende velas para no perder sus comercios, y poder salir a salvo de la crisis. En este, el país de la línea imaginaria, ellos hicieron de la vergüenza una cualidad imaginaria.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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