Más allá de un mandamiento propio de una religión, honrar a los padres debe ser un mandamiento y una máxima de vida. Escribo desde mi percepción personal producto de mi experiencia y relación que he tenido con mis progenitores, sin desconocer, por supuesto, que cada uno vive su realidad. Pero, ¡qué importarte es honrar a los padres! Antes, ahora y después. En definitiva, siempre.
Insistentemente he sostenido que tomar la decisión de ser padres es, quizá, el mayor acto de desprendimiento y amor que puede existir porque, hablando pragmáticamente, es ceder, dar espacio y dedicar la propia vida a la otra u otras vidas que germinan y vienen al mundo. ¿Se imaginan el alcance de invertir las mejores energías y los mejores años en hacer florecer otra u otras vidas? No sé si haya decisión igual, de semejante peso y validez frente a la existencia humana.
Pero sí sé que, visto así, los hijos, que no somos sino extensiones de vida de nuestros padres o, si se quiere, arcilla que por ellos va siendo cuidadosa y amorosamente moldeada hasta que podamos tomar vuelo e impulso propios, debemos guardarles, sin reservas de ninguna clase, AMOR, RESPETO y GRATITUD. En mayúscula porque es una trilogía de valores indispensables para que los hijos seamos buenos hijos. Porque no basta con buscar el éxito personal y profesional, que está bien, pero que se reduce a un plano estrictamente individual. Es necesario ser altamente recíprocos, aunque la vida entera no nos alcance, con la infinitud de acciones buenas que hicieron por nosotros y, por ende, buscar su bienestar como el mejor testimonio de lo mucho que ellos han significado en nuestras realizaciones.
Honrar a los padres para que nos vaya bien en la vida y para que, si alguna vez llegamos a tener esa categoría tan honrosa, podamos cosechar veranos en vez de tempestades. Honrar a nuestros padres hoy, mañana, siempre. Incluso cuando la muerte les haya asistido, pues su ejemplo es perpetuo.
José Luis Íñiguez G.
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