Que la historia la escriben los vencedores, es verdad, así como los símbolos hacen posible el consenso social sobre el sentido de pertenencia y patriotismo.
¿Cuánta verdad sabemos de la gesta del 24 de mayo de 1822 y sus verdaderos héroes, y de lo que sabemos cuánto hemos puesto en práctica al momento de construir identidad nacional?
Seguramente lo necesario para ofendernos al ver un Pikachu de alto relieve en una pared de nuestra capital, pero no lo suficiente para respetar o apoyar un levantamiento popular en la misma ciudad (vieja práctica libertaria e independentista).
Somos lo que elegimos ser, las gestas de independencia no impusieron un modelo único de Estado Nación, menos aún nos liberaron o al menos no lo aceptamos; pues aún ahora después de 200 años también existen idealista, herederos de la misma clase política, que promueven la reivindicación de esa “liberación”, hablan de refundar la Patria, de otra constituyente, del sometimiento sistémico a las grandes potencias, y/o de la dependencia financiera externa. Por lo visto para unos la independencia no es el camino, y hay muchos detractores.
Pero hay un espacio en el que todo confluye, y es el único donde las castas, razas y clases desaparecen por un momento: el espectro simbólico, tan imaginario como la línea que nos bautiza y tan apoteósico como la proeza de Abdón Calderón.
El único espacio desde donde verdaderamente construimos patria, aprendiendo el simbolismo de los tres colores, del ovalo, del laurel o del cóndor, al cual también le adjudicamos nombres heroicos, ahora del futbol, del ciclismo y de la halterofilia. Ese es el Ecuador que formamos.
Jorge Ochoa Astudillo
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