Hace pocos días me encontré con un amigo, académico y escritor de reconocida trayectoria. Con la ilusión que solo sienten quienes viven entre páginas y palabras, me contó que acababa de concluir la redacción de un libro y que había dejado encargada la impresión de mil ejemplares. No había conseguido el auspicio de ninguna institución, por lo que decidió asumir personalmente el desafío.
Lo felicité con entusiasmo y le auguré el éxito que merece todo esfuerzo nacido de la inteligencia y la perseverancia.
Días después me reencontré con él. Su ánimo ya no era el mismo. Con una mezcla de resignación y tristeza, y con voz temblorosa me confesó que apenas había vendido treinta libros y que lo recaudado ni siquiera alcanzaba a cubrir los gastos de impresión.
Aquella conversación me dejó pensando. Más tarde comprendí que no trata un hecho aislado, sino una de las silenciosas realidades del oficio de escribir. El escritor entrega horas de trabajo, talento, sacrificio y una parte de su propia vida, sin esperar más recompensa que la posibilidad de compartir una idea, una historia o una reflexión con los demás. Sin embargo, con frecuencia sus esfuerzos no encuentran un respaldo suficiente de una sociedad que suele valorar más la diversión pasajera que la cultura que perdura, educa y transforma.
Ahora que tanto se habla de justicia, sería oportuno preguntarnos si el país está retribuyendo de manera justa a quienes han dedicado su vida a escribir y a enriquecer nuestro patrimonio cultural. ¿No sería razonable que el Estado estableciera normas de Valoración y Fomento a la Creación Literaria y al Mérito Cultural que establezca: asignaciones económicas vitalicias, exoneraciones tributarias, becas culturales y otras para aquellos escritores que, con una trayectoria comprobada, hayan publicado libros, artículos científicos, crónicas y editoriales de relevante aporte al pensamiento nacional? No como un favor, sino como un acto elemental de justicia para quienes entregan lo único que jamás se recupera: su tiempo, su talento y buena parte de su existencia al servicio de la memoria intelectual del Ecuador. Porque los pueblos no solo se sostienen con obras materiales; también perduran gracias a las ideas, los conocimientos y las palabras que sus escritores dejan a las futuras generaciones.
Es posible que mi propuesta fracase, pero hay que intentarlo. Solo así podremos vencer el insomnio que acompaña a los escritores.
Jaime A. Guzmán R.
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