Con ocasión de mi participación en el XXVII Congreso Internacional de Ecuatorianistas, realizado en junio de 2026 en la Universidad de las Artes, tuve la oportunidad de asistir a la presentación del libro «El cristal con que se mira», de Abdón Ubidia. Esta obra, fruto de un largo trabajo intelectual, recorre las principales corrientes de la narrativa ecuatoriana desde los inicios de la República hasta la actualidad.
Mientras preparaba un ensayo, encontré una reflexión que sigue provocando debate: ¿es el relato «solo» un producto ideológico? La respuesta de Ubidia, que comparto, es un rotundo no. La ideología forma parte de toda creación literaria porque el escritor parte de una determinada visión del mundo. Sin embargo, no es ese componente el que determina el valor artístico de una obra. Lo decisivo es el talento de su autor, su capacidad para transformar una experiencia particular en una creación estética destinada a perdurar.
Reducir la literatura a una expresión ideológica sería un error. Así, por ejemplo, dos escritores pueden compartir las mismas convicciones políticas o filosóficas y, sin embargo, producir obras de calidad muy distinta. La diferencia no radica en las ideas que profesan, sino en la imaginación, el dominio del lenguaje y la fuerza creadora con que las convierten en literatura.
Las grandes obras lo demuestran. Pablo Palacio, por ejemplo, fue un intelectual abiertamente socialista, pero su permanencia en la literatura ecuatoriana no se explica por su militancia, sino por la originalidad e innovación de su escritura. Basta recordar el célebre pasaje de «Vida del ahorcado» en el que propone subastar el Chimborazo —luego el Carihuairazo, el Corazón, el Altar, el Illiniza y hasta el Pichincha— a los capitalistas del mundo: una sátira brillante cuya fuerza estética supera cualquier lectura exclusivamente política.
Por ello, seguimos leyendo a P. Palacio con devoción y asombro. Su obra ha trascendido las circunstancias ideológicas que la rodearon y continúa interpelando a lectores de todas las tendencias dada su genialidad como autor cumbre.
En definitiva, como sugiere Ubidia, la ideología puede orientar la mirada del escritor, pero nunca sustituye el talento. Al final, es este el que convierte un texto en literatura y le permite sobrevivir al tiempo, incluso cuando las ideas que le dieron origen han dejado de pertenecer a su época.
José Luis Íñiguez G.
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