Cuando Nelson Mandela salió de prisión tras veintisiete años de encierro, no pidió venganza. Una vez en el poder pidió libros para las escuelas, porque había aprendido que ningún país se reconstruye desde el miedo, sino desde la educación. «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo», dijo, no como adorno retórico, sino como programa de gobierno. Su Sudáfrica fracturada por el apartheid invirtió en universalizar las aulas antes que en engordar el aparato punitivo y represivo del Estado. Entendió que la cárcel administra el fracaso social mientras la educación lo previene.
El Ecuador de hoy camina en la dirección contraria. A finales de 2025, el Presupuesto General del Estado redujo en casi 99 millones de dólares los recursos para las universidades públicas. En enero de 2026, ochenta planteles fiscales se quedaron sin inversión; no se construyó una sola escuela nueva, se reabrieron las escuelas unidocentes que fueron cerradas años antes por no contar con la infraestructura necesaria. Hoy mas de trescientos mil jóvenes aspiran a ingresar a la universidad y Estado les respondió con un recorte.
Sin embargo, el dinero sí aparece para levantar dos nuevas cárceles. Ante un sistema penitenciario convertido en fábrica de muerte y crimen, la respuesta oficial no fue preguntarse el porqué, sino construirle más metros cuadrados. Un gobierno que prioriza terminar una prisión antes que ochenta escuelas, confiesa, sin palabras, en qué cree: en contener el síntoma en lugar de curar la enfermedad. Es una apuesta que la historia ya ha juzgado. Mientras Mandela conquistó la paz con niños negros leyendo por primera vez libros antes prohibidos. El gobierno de Ecuador, tergiversando su legado, cierra escuelas y construye cárceles.
Jorge Abad
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