Estamos en una época curiosa, en la cual la información abunda, pero el pensamiento escasea. Nunca fue tan fácil acceder a millones de datos y al mismo tiempo, tan difícil detenerse a comprenderlos. Y aceptamos, de forma equivocada, que estar informados es igual a saber o que consumir contenido es igual a desarrollar criterio.
La lectura fue y sigue siendo el ejercicio más completo para la mente. No solo amplía el vocabulario o fortalece la memoria; obliga a cuestionar, imaginar, relacionar ideas y entender realidades distintas a la propia. Cada libro es un diálogo silencioso con alguien que dedicó años de su existencia a ordenar sus pensamientos para compartirlos con nosotros. Renunciar a tal esfuerzo es desechar una de las formas más valiosas de crecimiento personal.
Sin embargo, leer parece haberse convertido en una actividad secundaria. Revisemos nuestros horarios, siempre existen momentos para revisar el teléfono decenas de veces al día, pero no para unas pocas páginas. Hermos preferido la inmediatez de un video sobre el esfuerzo de seguir un argumento durante algunos minutos. Poco a poco, nos acostumbramos a que otros piensen por nosotros.
Una sociedad que desiste de leer también deja de cuestionar. Y cuando se pierde la noción de cuestionar, se vuelve más fácil aceptar cualquier discurso, repetir cualquier consigna o creer cualquier mentira. La ignorancia pocas veces llega de golpe; generalmente se instala en silencio, disfrazada de comodidad.
Ejercitar el cuerpo es una decisión acertada. Ejercitar la mente es una apremiante necesidad. Leer no garantiza que alguien tenga siempre la razón, pero sí aumenta la posibilidad de hacerse mejores preguntas. Y quizá, en tiempos donde abundan las respuestas rápidas, esa sea la habilidad más importante de todas.
Néstor S. González Marca
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