Al borde de los cuarenta, volví a la universidad, esta vez como estudiante full time. No iba a cometer el mismo error de madrugar a clases y volar al trabajo, perdiéndome la oportunidad de conocer a mis colegas de aula. Conversé con mi familia, que puso el grito en el cielo, lo negociamos y apoyaron el sueño. Quería vivir esa experiencia inmersiva, por lo que me alojé en la residencia universitaria.
Arribé a la capital un domingo en la mañana, inmediatamente me dirigí a la residencia. Sin pena ni gloria y sin conocer a nadie ahí. Casi todo estaba cerrado a excepción de la sala de ping-pong, donde tampoco hubo un alma. Recorrí instalaciones el resto del día. De no haber sido por el efervescente deseo de culminar esos estudios, botaba la toalla la primera semana.
Esa misma semana vi un anuncio, que, en una incubadora de empresas local, daría una conferencia una celebridad de los negocios a quien admiro. Se mencionaba que posterior a la charla habría “networking”. Sin saber a qué se refería lo segundo, compré el ticket y asistí al evento, honestamente, motivado más por la charla.
La experiencia fue genial, la calidad de la charla, el hecho de hacerme amigo del conferencista; pero, sobre todo, interactuar con los asistentes cuando arrancó el networking. La clave era: conversar en un tiempo límite con alguien a quién no conoces, compartir intereses e intercambiar números. Esa noche nos conectamos curiosos, emprendedores y empresarios, con algunos seguimos en contacto.
Esa misma experiencia la adaptamos a la universidad, pero eso será motivo de la próxima entrega. (1ra. parte)
Marlon Tandazo Palacio
@MarlonTandazoP