Mayo, mes de madres y flores, fue el umbral elegido por Yolanda Torres Rivera para dormirse entre aromas de azahar. Tres días antes bendijo al menor de sus hijos que partía al exterior; sin saberlo, sellaron una mutua despedida: él hacia el porvenir, ella hacia el sosiego definitivo. El corazón que multiplicó esperanza se apagó con discreta dignidad, como lámpara que se consume al alba. Fue su adiós de terciopelo y fe.
Nacida el 8 de diciembre de 1936 en calma verde Cariamanga, su niñez alternó entre Ecuador y Ayabaca, Perú. A los dieciséis años se convertía en directora de la Escuela Uruguay de la ciudad de Amaluza, dirigía la Escuelita Uruguay, donde una mirada de Cristóbal Padilla cambió para siempre su mapa de sueños. Doce años después la tragedia la dejó desamparada, obligándola a ser madre y padre a la vez.
Trasladada a Cariamanga, sostuvo la casa con la misma fe que ordenaba su interior. Madrugaba a misa, organizaba novenas y enviaba almuerzos anónimos a ancianos sin preguntar. Su religiosidad nunca fue escaparate, sino herramienta: convertía el dolor propio en alivio ajeno. Quienes la trataron recuerdan esa serenidad laboriosa, mezcla de disciplina rural y ternura constante.
El adiós final llegó tras la pérdida de su hijo Montelicio, golpe que agotó su vigor. Hoy, junto a su amado esposo y a los suyos, descansa donde el calendario no conoce inviernos. Nos queda su herencia de tres verbos: trabajar con constancia, creer con coherencia y servir sin aplauso. Practiquémoslos y la voz de esta extraordinaria y apacible mujer seguirá resonando, como un eco sereno que vuelve cada vez que mayo perfuma el aire con flores recién abiertas.
Sybel Ontaneda Andrade
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