Quien me conoce en persona sabe que tengo admiración por la política internacional y, en especial, por la política de Estado norteamericana. Es importante aclarar que me refiero a la política de Estado y no a las políticas públicas coyunturales que puede impulsar un presidente desde su administración. Son cosas distintas.
Las políticas de Estado son pactos sociales de largo plazo, en los que fuerzas políticas opuestas mantienen acuerdos básicos sobre la idea de desarrollo del país y sobre su política exterior. Esto no es menor, pues permite construir una barrera política y estratégica frente a otros países, garantizando continuidad.
La pregunta clave es qué se puede rescatar de esto y cuál es el aprendizaje para Ecuador. Aquí aparece algo que parece obvio, pero no lo es. El ecuatoriano promedio, y también buena parte de la clase política, se mueve dentro de un marco ideológico donde prima el regionalismo y la incapacidad de reconocer que el contendiente político también puede tener buenas ideas.
Estos elementos provocan que en Ecuador no exista una visión general compartida sobre lo que los partidos políticos quieren para el país. No hay un objetivo común hacia el cual todos apunten. Al no existir este punto de referencia, el país termina sin un norte claro, lo que frena su desarrollo.
Hace falta humildad para reconocer que algunas acciones de gobiernos anteriores estuvieron bien y merecen continuidad. También es necesario que quienes ya no están en funciones entiendan que no deben convertir sus obras en un reproche permanente. De lo contrario, se abandonan proyectos importantes y las obras públicas terminan convertidas en botín político. Ecuador necesita un pacto sociopolítico nacional y reconocer que ese pacto no es la Constitución sino la voluntad política.
Víctor Antonio Peláez
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