Tal como una conducta disocial, la violencia que el país sobrelleva ya es parte de un comportamiento recurrente, destructivo, y distorsionado, que altera y transgrede el orden social, y atenta deliberadamente contra la estabilidad de un Estado y de la sociedad en su conjunto.
Desconcierto, zozobra y miedo generalizado, son los efectos inmediatos de la normalización de la violencia como el “Status Quo” de una sociedad en decadencia.
Ahora pretende combatir fuego con fuego, como si tal frase en verdad tuviera sentido, como si la población estuviera dispuesta y entrenada para armarse y salir a combatir el crimen. Mientras el gobierno evidencia que nunca tuvo un “plan de seguridad”, la opción para él, es sálvese quien pueda.
Es que no aprendemos nada del pasado, ni de los errores. Esta violencia sin precedente en Ecuador, ya la soportó Mexico, Colombia y otros países. Armar al pueblo es el primer paso al paramilitarismo, a las guerrillas urbanas, al trafico sin control de armamento, y al incremento de la violencia intrafamiliar.
No estaban tan equivocados quienes pedían eliminar las series de narcos, carteles y paraísos de la televisión basura, la apología de la violencia hoy es una realidad en Ecuador, y como siempre pasa, la realidad ha superado a la ficción.
El crimen y la violencia, ya no es solo en el Guasmo o la Trinitaria (como lo hacían ver los noticieros), el terrorismo ahora se expandió a Samborondon, a Santa Elena, a Cuenca; y poco a poco, eso que parecía tan lejano hoy nos moja los pies en la lejana Loja.
La violencia es un síntoma y una causa de una sociedad colapsada, y quien debe dar solución ya manifestó que lo más importante es su reputación y la imagen del palacio. Analicemos.
Jorge Ochoa Astudillo
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