La verdad es el nexo que une al pensamiento con la libertad. Cuando se quiere tomar por asalto la libertad de un pueblo se comienza por destruir el pensamiento a través de andanadas interminables de mentiras. El objetivo último de esta destrucción es la entronización de la tontería. Con las mentes adormiladas e incapaces de distinguir falsedades evidentes, el dominio y la tiranía se convierten en tareas fáciles. Esta es la historia clara de lo que sucede en el Ecuador en los últimos meses y años.
Los próceres del 10 de agosto de 1809 conocían este mecanismo porque las autoridades coloniales prohibieron la circulación de los libros fundamentales de la Ilustración y aún de la filosofía inglesa. Por eso, el instrumento revolucionario de nuestra independencia no fue la espada sino la amplia biblioteca de Eugenio Espejo. Con libros, con discusión, con ideas, se cimentó una rebelión que iluminó a todo el continente y que dio origen a nuestras repúblicas.
En este buen año 2025, personas que aparecen en los medios de comunicación y que se califican a sí mismos como periodistas, acumulan diligentemente montañas de estiércol para lanzarlas diariamente a esos millones de consumidores enceguecidos que esperan su oportunidad para reproducir contenidos que desconocen. Dicen estas personas, por ejemplo, que la mejor manera de acabar con la delincuencia es acabar con el Estado. Escogen olvidar que, precisamente, el nexo de unión ciudadana que permite combatir a las mafias es el Estado y que, por fuerza, cuando se lo debilita se fortalece a la delincuencia organizada.
Otras personas que se califican a sí mismos como abogados insisten en la necedad de someter a la Corte Constitucional a un control político, lo cual equivale a sujetar su libre criterio al poder de turno. La simpleza pasmosa de sus argumentos es otra arma de la tontería que campea en todos los ámbitos. Con la cascada devoradora de la estupidez se pretende apagar esa antorcha de libertad que, usando el simple pulso de su intelecto, encendieron para siempre nuestros próceres.
Carlos García Torres
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