Salvo por algunas ideas políticas de las que difiero, «Elogio de la educación», de Vargas Llosa, es un interesante esbozo de su formación como lector y escritor, pero sobre todo un manifiesto en favor de la lectura, las bibliotecas, los libros y la literatura: “una sociedad sin literatura, o en la que la literatura ha sido relegada (…), está condenada a barbarizarse espiritualmente y a comprometer su libertad”, nos dice el nobel hispano-peruano.
Pero también es una defensa del amor y el erotismo en consonancia con este arte. Tal como lo manifiesta, tras su evolución el lenguaje “sublimó los deseos y dio categoría de creación artística al acto sexual. Sin la literatura, no existiría el erotismo. El amor y el placer serían más pobres, carecerían de delicadez y exquisitez, de la intensidad que alcanzan educados y azuzados por la sensibilidad y las fantasías literarias. No es exagerado decir que una pareja que ha leído a Garcilaso, a Petrarca, a Góngora y a Baudelaire ama y goza mejor que otra de analfabetos semiidiotizados por los programas de la televisión. En un mundo aliterario, el amor y el goce serían indiferenciables de los que sacian a los animales, no irían más allá de la cruda satisfacción de los instintos elementales: copular y tragar”. Por experiencia propia no tengo duda de que la literatura dignifica al amor y al acto de consumarlo; lo enaltece, lo hace magnánimo y lo eleva a ese pedestal que le confiere la categoría de excepcional, de muy íntimo, de absolutamente deslumbrante. Un amor alcanzable solo para aquellos que cultivan los libros y la literatura como acto vital.
Porque la literatura y los libros coadyuvan a soportar el hastío del mundo, nos dice el célebre escritor, esa realidad cruda, tal como nos es dada en la cotidianidad; a hacer más liviana la carga de ese mundo real -apocalíptico per se-, e incluso a cambiar el decurso de la historia de la humanidad. Propia para espíritus indóciles e inconformes (¿los amorosos?) dispuestos a crear universos paralelos en el ánimo de no sentirse incompletos e infelices, como sería la condena de una vida simple y simplista, una vida sin literatura, sin libros, sin la urdimbre de palabras que todos los días nos alimenta el espíritu y la misma ilusión de amar, pero que al mismo tiempo nos exige un ejercicio intelectual profundamente necesario para nuestra supervivencia, incluyendo la romántico-erótica. Dicho está.
José Luis Íñiguez G.
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