
Cuando somos niños queremos con desesperación ser adultos. Parece que el tiempo pasa muy lento mientras nos dedicamos a soñar con el futuro.
Cuando pasamos la mayoría de edad, nos creemos inmortales y aunque cometamos muchos errores, sabemos que tenemos tiempo para enmendarlos.
Cuando llegamos a los veintes, nos damos cuenta que el tiempo pasa más rápido, aun no tenemos ni toda la capacitación, ni la experiencia que las fuentes de trabajo nos exigen y con tan solo cerrar los ojos, hemos llegado a los treintas, década en la que nos ponemos melancólicos de los sacrificios que hemos hecho, de si hemos tenido hijos o no, de si hemos logrado un matrimonio feliz, soportado uno tóxico o hemos salido de uno inestable, de si tenemos el trabajo que queremos, la profesión que soñábamos, o de si esos sueños que teníamos de niños se quedaron solo en sueños y no llegaron a ser ni objetivos.
La década de los cuarentas, suele ser un nuevo comienzo, te das cuenta que todo lo que pasó en las décadas anteriores te han llevado a dónde estás ahora, lo más importante es tu familia, amigos ya no quedan muchos y para muchas fuentes de trabajo ya eres demasiado viejo. En las siguientes décadas, aunque con menos tiempo, te preocupas más del día a día, tienes toda la experiencia que necesitas, la vida te va quitando cosas, pero ahora tú le vas dando cosas a la vida. Nunca es tarde para un nuevo comienzo, el tiempo pasa y hay que vivir cada minuto como si fuéramos eternos.
Santiago Ochoa Moreno
wsochoa@utpl.edu.ec