La mujer ha de ser inteligente, que no amenace; ha de ser ambiciosa, que no se suba por encima de los demás; hermosa, que no parezca que se esfuerza por ello; ha de ser segura, pero nunca intimidante. El espacio es tan estrecho que el juicio es permanente.
La directora y guionista Greta Gerwig lo resumió con terrible claridad en Barbie, ser mujer es, literalmente, imposible. La frase no habla de biología, habla de expectativas.
A las mujeres se les exige ser extraordinarias para obtener el respeto que les llega a muchos hombres sin esfuerzo alguno. Deben demostrar permanentemente su inteligencia, su capacidad y su valor. Al error enfrente, resulta evidente que no se les permite más de una vez.
Haber sido mujer durante siglos significó vivir a la intemperie, dependiente de otros, de un padre, de un marido y de un sistema.
No es nacer mujer el problema. El problema es que durante mucho tiempo el mundo se hizo sin ninguna consideración a lo que significa ser mujer. La igualdad nunca fue un regalo, siempre fue una exigencia incómoda.
Cuando se produjo la Revolución Francesa, el mundo hablaba de libertad e igualdad, pero esas palabras estaban dirigidas a los hombres. Olympe de Gouges lo entendió de manera inmediata. En el año 1791 escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, afirmando que, si los hombres nacen libres e iguales, también deben hacerlo las mujeres. Fue ejecutada en 1793. Su crimen no fue la traición, solo exigir igualdad.
Décadas después, Simone de Beauvoir recordaría que “no se nace mujer: se llega a serlo”, denunciando cómo la sociedad fabrica las limitaciones que luego intenta llamar naturaleza.
En América Latina, Matilde Hidalgo de Procel demostró que la igualdad no debe esperar todavía un permiso de existencia. En 1924 exigió su derecho a votar, la ley no la prohibía, simplemente nadie había imaginado que una mujer lo haría. Ella sí lo hizo.
Cada derecho que ahora parece natural existe porque mujeres decidieron incomodar al sistema. Si ser mujer exige ser extraordinaria, entonces la igualdad todavía es utopía.
Julieta González Salazar
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