Según el diccionario de la lengua española “la sinceridad es la cualidad de obrar y expresarse con verdad, sencillez y honestidad, sin fingimientos o segundas intenciones”.
En las generaciones de los años 50, 60 y 70 tenía gran reputación y honraban a la sinceridad. Era un valor muy importante en las personas, ya que no se podía faltar a la verdad.
En la actualidad esta cualidad se ha perdido con el paso del tiempo, ya casi no queda lugar para la verdad. El no decir la verdad de forma interesada, ha pasado- con despreciable premura- a formar parte de nuestra cultura.
La mencionada cuestión critica, sin lugar a dudas, es la que ha conducido a acentuar la escisión entre ecuatorianos en vez de recoger los lazos para rehacer la confraternidad.
Esta difícil y procrastinada problematización a la que hacemos referencia, requiere un cambio urgente de nuestras mentalidades, pero no solo en el sentido que cambien los demás, sino en cambiarnos a nosotros mismos. Para ello hace falta sinceridad. Sinceridad necesaria para obrar expresamente con la verdad, sencillez y honestidad. Hace falta que la sociedad adquiera más y más conciencia de su participación, en una comunidad en desarrollo, que adquiera progresivamente la conciencia de que mentir destruye nuestras relaciones y va contra los valores éticos y morales fundamentales sobre los cuales se fundan las relaciones, como son la confianza, la honestidad y la autenticidad.
Es inútil pretender reintegrar y reunificar al país encaminándolo hacia el desarrollo si no integramos a nuestro quehacer diario a la sinceridad.
¿Seremos capaces de ello? Queda abierto el interrogante. En definitiva, a nuestro actuar le toca dar una respuesta a este enigma.
Jaime A. Guzmán R.
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