Ecuador llevó al Mundial una maleta con réditos que acreditaban su participación: segundo lugar en las eliminatorias de la Conmebol, solo detrás de Argentina con 29 puntos; la defensa menos batida con 5 goles en 18 partidos; haber perdido dos compromisos, ante Argentina y Brasil; tres jugadores en grandes clubes europeos: Moisés Caicedo, William Pacho y Piero Hincapié; sin dudas, excelsos méritos que apuntaban a un desempeño feliz en la cita mundialista; se habló, incluso, de la generación dorada.
Sin embargo, el talón de Aquiles de la selección fue su ofensiva, apenas 14 goles en 18 partidos porque, aparte del histórico Enner Valencia, (que pasó inadvertido en el Mundial) no tenemos un recambio de calidad. Él fue bueno y nos dio muchas alegrías, pero ya llegó cansado. Beccacece no trabajó para formar otros atacantes: Yeboah y Rodríguez tuvieron sus chispazos, igual que Plata. Angulo y Vite solo brillaron ante Alemania.
No se pudo porque al frente estuvo un entrenador sin filosofía de juego que, para cada partido, puso una alineación diferente de manera que, los jugadores, aún las estrellas, deambularon en el campo de juego. Por eso se perdió ante Costa de Marfil y se empató con Curazao, partidos, los dos, de ganarlos para evitar el enfrentamiento ante México. La épica victoria ante Alemania sirvió solamente para resucitar la esperanza.
No se pudo porque se confió demasiado en el tridente Caicedo, Hincapié y Pacho, brillantes como mediocampista y defensas en sus equipos europeos pero que, en el Mundial, no estuvieron a la altura ni para generar fútbol ni para defender; sus limitaciones contagiaron a sus compañeros.
Sabíamos que México, por razones políticas y localía, sería el rival más incómodo para Ecuador. Y, así fue: un equipo desordenado y timorato que regaló dos goles en seis minutos. Después tuvo el balón sin causar daño, mientras México jugó a placer.
Al margen de la fallida perfomance mundialista de la selección (nos quedamos en 16vos, el único de los cinco sudamericanos clasificados), nos entusiasma la satisfacción de ver a un país fervorosamente unido, con la esperanza de que vendrán tiempos mejores, no solo en el deporte, sino en todos los ámbitos de la vida nacional.
Darío Granda Astudillo
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