Hans, después de su divorcio y de hacerse cargo de sí mismo por la infidelidad de su esposa, se sintió sin rumbo, desconectado de sí mismo y encadenado a los recuerdos del pasado. Llevado por el rencor, se despierta en la madrugada con el corazón latente, sumido en el llanto y la desesperación. Ya no disfruta de una caminata ni contempla el paisaje como lo hacía antes: todo le parece soso y aburrido. Su vida se resume en dormir y llorar todo el día; se siente más irritable de lo normal y ya no educa con amor, sino desde la fuerza y el dolor.
Su habitación se asemeja a los quinientos anillos de un árbol viejo, y él se percibe como un escarabajo milimétrico en el interior de lo más profundo de sus raíces, desde donde debe escalar cada mañana hasta llegar a la copa, a mil metros de altura. Solo pensarlo lo hace quedarse tendido en la cama.
Como Hans, muchos seres humanos mueren cada día por falta de ayuda profesional, porque la muerte no solo es que el cuerpo no esté, sino que ya no vivas, que no conectes con los que amas, que no puedas amar con intensidad, que no puedas mirar tus sueños como un soplo de vida. Que la vida, en sí misma, resulte, en lugar de una bendición, una carga con la que debes lidiar.
Y es que debemos entender que, en la vida, no todo se trata de “voluntad”, como nos hicieron creer los “grandes mentores o ‘coaches’ del positivismo eterno”, sino de cuestiones neurológicas: de cambios químicos a nivel cerebral, de alteraciones de las funciones que deben ser atendidas a tiempo con el respectivo tratamiento farmacológico y psicológico. Solo así es posible reintegrarnos a la vida, ser más plenos, y poder disfrutar del aroma de un café, llegar a agradecer por el arte, el aire, el sol, los árboles y la vida misma.
Luz Marina Jimbo Ponce
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