A pesar de la imposibilidad obvia de leer todos los libros que quisiera, y en el menor tiempo, estoy adquiriéndolos de forma constante para poblar mi biblioteca. De hecho, es muy peligroso para mis finanzas que yo esté horas de horas en una librería, o incluso frente a una percha librera de los centros comerciales. Nunca salgo con las manos vacías, e incluso a veces estas resultan insuficientes. Ante ello, varios amigos y familiares me han preguntado la razón de comprar libros que, se sabe, no van a ser devorados enseguida, ni siquiera en el próximo trimestre. Quizá ni en el año venidero, o quien sabe ni en la próxima década.
Roberto Calasso, en ese sabroso libro intitulado “Cómo ordenar una biblioteca”, ensaya una respuesta válida e interesante al decir que es esencial comprar libros que no vayan a ser leídos enseguida porque en cualquier momento se sentirá la necesidad de leerlos, y que mientras tanto, puede suceder que esos libros se vuelvan irrepetibles o porque, habiendo sido de escaso valor comercial en su momento, se hayan convertido en una rareza y ahora valgan mucho más. Lo importante, reflexiona, es poder leerlos en el instante requerido, sin la necesidad de realizar más búsquedas.
De tal forma que la lógica no se trata de esperar y dejarlos porque no vayan a ser leídos enseguida, sino de adquirirlos cuando corresponda, y a la mínima oportunidad, sustancialmente porque esos libros tienen que ser y estar para el tiempo en que se tenga la inminente necesidad de recurrir a ellos. No hay nada más placentero ni realizable que recorrer la estantería de nuestra biblioteca, ubicarlos y encontrarlos predispuestos, listos para ser contemplados, devorados, subrayados y leídos ya sea enteramente o en parte. Se trata de un verdadero gozo espiritual y humano, porque nos aproximamos a alguna respuesta o, al contrario, a un acrecentamiento de nuestras incertidumbres. Pero no ha sido necesario desesperar en su búsqueda, con el riesgo de no encontrarlo. O de no poseerlo. Ya está ahí, esperándonos para ese gran encuentro.
José Luis Íñiguez G.
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