El fracaso es un maestro severo y sus lecciones son imborrables. Después de un gran fracaso la realidad adquiere una nitidez especial y surge una perspectiva nueva de las cosas. Lamentablemente todas las enseñanzas de este gran pedagogo no están disponibles para quienes durmieron sus primeras siestas en cunas de oro, mecidos por altos y constantes privilegios.
Cuando la vida transcurre en medio de círculos selectos, reunidos en torres bien defendidas de la realidad y cuando los tempranos triunfos se adquieren con monedas o con influencias, la pedagogía de la adversidad pierde su efecto. Legiones de aduladores a sueldo convencen de su propia valía a quienes gozan de estas ventajas, por eso piensan que su destino irremediable es el poder político. Mientras medran en altos puestos ejecutivos sueñan con la gloria pública e imaginan sus efigies patricias resplandeciendo en los libros de historia. Por eso les resulta natural comprar o crear movimientos políticos; al fin y al cabo, son inversiones indispensables que darán fruto en un ego cada vez más nutrido y obeso. Como es lógico alcanzan el poder haciendo uso de sus derechos de cuna y ponen en práctica las nociones de propiedad y de mercado que aquellos privilegios les inculcaron.
Como tales ideas son incompatibles con la realidad de la mayoría de los países, se enfrentan por primera vez en sus vidas a la derrota. Por falta de costumbre el peso del fracaso los golpea con mayor intensidad que a cualquier hijo de vecino. Donald Trump, Guillermo Lasso, Daniel Noboa, Jan Topic inclusive, fueron criados como triunfadores. Para ellos los problemas siempre se rinden a sus pies vencidos por soluciones fáciles y geniales. Cuando esto no sucede, cuando los abofetea una realidad dura que desconoce las excepciones, encuentran siempre acólitos a quienes culpar, remiendan su orgullo y fatalmente ignoran las lecciones del fracaso.
Carlos García Torres
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