Alrededor de la fundación española de Loja, que de hecho se conmemora un día como hoy, se han tejido varias hipótesis, aunque la tradición y la historia convencional –que creyó dejar zanjada la discusión– estableció como fecha definitiva el 8 de diciembre de 1548. No obstante de ello, hace ya varios años, Alfonso A. Aguirre estableció documentadamente que para septiembre de 1548 los españoles ya estaban instalados en estas tierras, por lo que incluso el historiador Galo Ramón Valarezo, uno de los más probos de hoy en día, afirma que el 8 de diciembre fue un invento estrictamente relacionado al aspecto religioso, pues ese día está destinado a honrar a la Inmaculada Concepción de María en el mundo católico.
Más allá de ello, inclusive, y cuya discusión resulta imprescindible en un espacio más amplio, es menester enfatizar en la importancia de conocer e interpretar la historia, como aquel pilar de la identidad de los pueblos y como la conditio sine qua non es posible vivir el presente y proyectar el futuro. Y esto debe suceder, sobre todo, en las escuelas, colegios y universidades donde hoy por hoy no solo se ignora nuestra historia local, sino que se la distorsiona. Salvo los docentes vinculados directamente al área, o los escasos estudiantes que por voluntad propia han decidido involucrarse en ella, prácticamente la gran mayoría la desconoce de plano, sin ambages ni preocupaciones. Y la historia está, pues, no para permanecer en libros empolvados o destinados solo a determinados grupos intelectuales, cuyo elitismo y hermetismo, por cierto, nos ha hecho mucho daño. Tampoco para ser repetida vacíamente, como un sinsentido. La historia está para ser conocida, difundida, leída y, sobre todo, interpretada de cara a la realidad presente. Está para ser profundizada de cara a las exigencias y apremios que la Loja de hoy nos exige. Esta es la tarea de todos, sin duda, pero especialmente del sistema educativo. Es hora de que en nuestras instituciones se instale una cátedra no solo para reseñar nuestras glorias, sino inclusive para hablar de nuestros fracasos y errores como pueblo. Es más, para preguntarse y reflexionar si la “Lojanidad”, tal cual ha sido concebida, nos ha servido para algo. Para aquello y mucho más está la historia.
José Luis Íñiguez Granda
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