Monigotes

La prohibición de la quema de monigotes no logró frenar su exposición pública en todos los ámbitos ciudadanos. Ningún mandamiento gubernamental ha logrado privar a los ecuatorianos del placer de contemplar estos mamarrachos en las celebraciones de fin de año. Las limitaciones de la pandemia se han suplido con las plataformas digitales. Así que, con solo revisar el teléfono celular, podemos encontrar “años viejos” graciosísimos en todos los rincones de la vida nacional.

El ejemplo más obvio lo encontramos en la arena política nacional. Clásicos espantajos lamentables que, en medio de la burla pública, luchan por conservar el mínimo resto de dignidad que han salvado de campañas y escándalos pasados. Peleles animados de modo que danzan por obra y gracia de hilos e intereses ocultos. Muñecos con la cabeza atiborrada de aserrín capaces, sin embargo, de expedir elocuentes discursos a la carta. En fin, la vida política nacional es generosa con estos entretenidos fantoches que, de forma sana, aunque increíblemente dispendiosa, llenan de color los noticieros, los periódicos y las redes sociales.

Pero no acaba aquí la suerte de los ecuatorianos. De los verdes bosques de la academia aparece una marioneta que repite consignas incoherentes en contra de los derechos humanos y en favor de un brutal egoísmo capitalista. Semejantes cacareos derechosos son repetidos por un coro de títeres manejados por ágiles manos empresariales.

Ahora bien, el entretenimiento que provee toda la farsa de estos monigotes debe tener algún límite. Y este límite debe ser puesto por los ciudadanos que, en la próxima contienda electoral deberán identificar, entre tantos espectros rellenos de estopa, a las mujeres y los hombres de verdad, a quienes pueden salvar a la patria del teatro de guiñol que la envuelve y la destruye.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com