Mi país se cae a pedazos, gotea sangre, y se abren viejas heridas de un pueblo cansado de ser humillado, denigrado, y pisoteado. Por eso veo en cada esquina una llanta quemada como protesta porque mi pueblo se muere de hambre. Escucho gritos desgarradores, ahogados, desesperados; esos gritos son los de mi pueblo que clama por justicia, seguridad y dignidad.
Veo a mis raíces milenarias gritar auxilio por causas justas. Veo en los ojos de cada mujer indígena luchando junto a su descendencia la determinación de Mama Tránsito y de Mama Dulú. Lo reconozco, sé del coraje que requiere alzar la voz. Veo a mi pueblo valiente, valeroso como siempre, escribiendo en piedra este momento histórico, haciendo de la dignidad una costumbre. Y es que la lucha de mi pueblo es una lucha legitima y necesaria.
Pero mi país, que sigue goteando sangre, se infecta día tras día porque tomando el nombre del pueblo indígena, existen agentes infecciosos y oportunistas, que se aprovechan y rasgan las entrañas de un pueblo dolido. Toman los pedazos rotos y encuentran caminos trizados para herir a quienes históricamente han clamado por dignidad. Buscan tejidos débiles, tejidos aislados, con hambre y zozobra; buscan hacer daño al pueblo y el pueblo responde.
Y es que la sangre que gotea no son heridas recientes. Son cicatrices profundas que jamás sanaron, que nunca fueron curadas. Cicatrices que se abrieron porque no aguantaban más tanta carga racista y explotadora. Cicatrices que hartas de forzar su unión, decidieron abrirse y mostrar al exterior que es imposible dimensionar el sentir de un pueblo cuando la burbuja de privilegio en la que algunos se encuentran enfrascados, no permite ver más allá del utópico azul celeste de un cielo sin contaminación por la minería a cielo abierto, o el verde sin sequía del pasto en un espacio de terreno que fue tan fértil y tan productivo que jamás conoció el devastador escenario que representa convertirse solamente en desechos orgánicos; o, la tranquilidad que significa tener la mesa servida, literalmente, con las tres comidas y toda la familia unida.
Las heridas sin sanar duelen y marchitan. Las heridas recientes calan en lo más profundo de mi pueblo. La sangre que gotea, digna y luchadora, se levantará hasta encontrar la más anhelada dignidad. Y la infección que pretende dañar los profundos lazos ancestrales de valor y valentía concluirán juzgados por la historia, y la justicia.
María Verónica Valarezo Carrión
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