En estos días llenos de noches nuevamente se prenden las alarmas de guerra, esta vez ya no por un pequeño virus que si se cae de la mesa se rompe la cabeza, sino por intereses geopolíticos, cuyo fondo de ojo es el ansia de poderío (que no poder) para sobresalir a como dé lugar y coronarse como los nuevos amos del mundo. Los países elefantes que están “pensando” solucionar sus problemas a través de la violencia, no les importa el tener que aplastar la hierba (es decir al pueblo), que es la que más sufre cuando se pelean estos paquidermos; pero cómo les va a doler el sufrimiento de las gentes de abajo a estos “líderes” (presidentes y demás grupos de poder) burócratas, turiferarios, bacineros, lacayos… si son psico-sociópatas. Miremos unos rasgos del psicópata: falta de empatía, egocentrismo y narcisismo, ausencia de remordimiento, ansias de poder… Ahora del sociópata: actúa de manera cruel, manipulación, encanto, carece de miedo… Frente al horror de la guerra muy bien retratados en los 82 grabados por el pintor español Francisco de Goya nos queda decir que no es que “la historia se repite”, sino más bien sus lecciones no se aprovechan. Como bien sabemos, después de las guerras no ha devenido nada bueno, sino el incremento de la violencia materializada en nacionalismos exacerbados (yo sí, tú no; yo más, tú menos, mi bandera sí, la tuya no), maledicencia respectiva, ideologías (que excluyen, reducen y fanatizan), en definitiva, el odio a mansalva a las demás personas (sin ti y contra ti). ¿Qué hacer frente a los desastres de la guerra? Actuar localmente y pensar globalmente, esto es, nos debe doler el dolor del prójimo (la viuda, el huérfano, el extranjero…) acudir a su solícito, abrir las puertas de nuestras casas a un pobre, gastar nuestro tiempo y dinero en ayudar al necesitado, convertirnos en terapeutas para ayudar a aminorar el sufrimiento con esperanza a los desesperanzados….
Jorge Benítez Hurtado
jabenitezxx@utpl.edu.ec