Los acólitos

El oficio de acólito es uno de los más cómodos y placenteros del mundo. Basta con eliminar los propios pensamientos, suprimir cualquier tipo de recelo y lanzarse con pueril confianza tras los pasos del líder. Una vez incorporados al desfile habremos de tener buen cuidado en no perder ninguna de las vueltas y revueltas del dirigente. Ocuparemos siempre el lugar que nos ha sido asignado. Nada de adelantarse o atrasarse, conservar el paso es esencial tanto como marchar con gentil garbo. El toque final lo pone la sonrisa complacida y bobalicona que debemos portar a todas horas del día.

Nuestros políticos, nuestros informadores, aún algunos académicos, son expertos cultivadores de acólitos. Constituyen la savia vital que alimenta sus egos y conforman el insistente coro que dora de inteligencia a ideas y propuestas de plomiza estupidez. Las redes sociales proporcionan un fértil campo para el reclutamiento de ingenuos seguidores. Bastan cuatro palabras mal enlazadas en el “Twitter” para que una legión babeante derrame sus loas y preces sobre el influenciador de turno. Según parece se trata de la renuncia final a la reflexión y a la crítica. La derrota palmaria de cualquier tipo de pensamiento independiente y la rendición final ante un golem creado por la gradual e incesante adición de resignaciones individuales.

Y así, la reducción de los derechos laborales o la limitación de la representatividad en la Asamblea Nacional o cualquier otra simpleza proclamada por algún ídolo de arcilla encuentra seguidores dispuestos a extraer verdad y razón donde solo hay tontería, falsedad y vacío moral.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com