La antiautoridad

La palabra “autoridad” provoca en nosotros estados diferentes de sentimientos e ideas: nos provoca acatamiento y temor frente a quien tenga que ejercerla sobre nosotros; nos da seguridad cuando sabemos que ella conduce a un orden favorable a todos; también puede representar una atribución a la que hay que combatirla siempre. Etc.

Frente al autoritarismo que salpica a todas las sociedades, en todo lugar y en todo tiempo, la tercera opción parece que es la más indicada para conformar una sociedad en que cada uno pueda vivir sin interrumpir las acciones de los demás y en la que cada uno se sienta cómodo, sin tener que acatar a nadie sus imposiciones: hay que terminar con toda autoridad y que cada quien haga lo que su libertad le indique.

Además, en medio del estampido de la cibernética de estos últimos tiempos, se empieza a hablar de la realidad virtual con el transhumanismo, el metaverso, los hologramas, etc., que fomentan el pensamiento antiautoridad y la posibilidad de una sociedad sin autoridad reconocida, legalizada.

Sin embargo, la sociedad es un organismo vivo. Y, como tal, no puede ser acéfalo o ser solo cabeza o tener varias cabezas. Lo adecuado es que exista la autoridad. Una autoridad exenta de autoritarismo, con el deseo de llevar adelante lo que signifique lo mejor para la mayoría, en donde prime la satisfacción de las necesidades de los económicamente menos favorecidos, en un ambiente en que los gobernados y los gobernantes se muevan voluntariamente en términos de paz y de concordia, para que la cabeza y los miembros actúen al unísono. No importa que haya diferencias, lo que importa es que no haya violencia.

Así que la autoridad es necesaria de tal manera que quien crea que debe desaparecer del escenario, deberá tener autoridad para que sea acogida su propuesta.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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