Hay quienes trabajan en su ciudad y otros en sitios lejanos. Hay quienes lo disfrutan y quienes se sienten agobiados. Hay trabajos que se cumplen con formación académica y otros a punta de experiencia, prueba y error. Hay quienes mes a mes miran el sueldo acreditado en sus cuentas y quienes lo deben labrar día a día. Trabajadores los hay con descanso, con derecho al ocio, con respeto de sus tiempos libre y en familia, y otros, cuyos trabajos son su vida misma, y no hay distinción de sus tiempos, sino que todo es trabajo. Hay trabajos formales e informales, buenos y precarios, dignos e insultantes. Hay quienes huyen a concebirse clase trabajadora porque, como ha señalado Owen Jones, hay una ‘demonización de la clase obrera’.
En el mundo de hoy, sigue existiendo una sombra que encumbre al trabajo doméstico, al de cuidados, al que cumplen principalmente las madres, las abuelas, las tías, las hijas mayores. Es un trabajo vital para el mundo.
Son verdaderas Atlas que cargan al mundo, que le permiten existir, impiden su caída y su desastre total.
Es el más digno de los trabajos porque permite reproducir la vida: dan de comer, cuidan el refugio, sostienen el hogar. Su trabajo hace posible los demás trabajos. Es el primer y más importante eslabón en las escalas laborales. Muchas veces, como en el Ecuador de hoy, invisibilizadas, condenadas al prejuicio y al desprecio cotidiano.
Los grandes nombres de la ciencia, de la política, de la cultura, del deporte, tienen tras de sí mucho trabajo doméstico que les reparó la energía, que cuidó de su ropa, de la limpieza de sus espacios, de que su preocupación se concentre en otros lugares. Sin su trabajo, los demás, sencillamente, no son posibles.
Pablo Vivanco Ordóñez
pablojvivanco@gmail.com