En Ecuador, cientos de niños y jóvenes están siendo arrancados de su inocencia y atrapados por las garras de mafias que los usan como carne de cañón para sus negocios ilícitos. Son rostros jóvenes con miradas vacías, acostumbrados demasiado pronto al miedo, a la violencia, a la necesidad. No nacieron delincuentes: nacieron niños, con sueños, con derechos, con potencial. Pero el abandono, la pobreza, la falta de oportunidades y la ausencia del Estado los empujaron al abismo. Uno de los pilares que más ha contribuido a esta crisis es el estado deplorable del sistema educativo. Escuelas cayéndose a pedazos, docentes mal pagados y sin apoyo, programas obsoletos que no responden a la realidad social ni emocional de los estudiantes. En muchos sectores, ir a clases no representa una esperanza, sino una rutina vacía. ¿Cómo aspirar a un futuro diferente si la escuela no te enseña a creer en ti mismo? ¿Cómo competir con la promesa rápida del dinero fácil cuando el Estado no te ofrece ni siquiera un pupitre digno? Mientras tanto, el gobierno de Daniel Noboa parece mirar en otra dirección. Su enfoque se ha centrado en medidas de fuerza, en discursos de guerra contra el crimen organizado, pero ha olvidado una verdad fundamental: si no se protege a la niñez y a la juventud, el futuro del país se pudre desde la raíz. No se puede combatir la violencia con más violencia. La solución no es solo militar, es profundamente social. El Estado debería estar en cada barrio donde hoy reina la desesperanza, con centros de apoyo familiar, programas de prevención, educación transformadora, acceso al arte, al deporte, a la salud mental. Necesitamos una visión de país que no solo reaccione, sino que prevenga. Que entienda que un joven que encuentra un propósito no toma un arma. Que una sociedad que cuida a sus pequeños no tiene que temer a su futuro. Ecuador no puede permitirse seguir perdiendo generaciones. No más niños usados como escudos. No más jóvenes convertidos en cifras de muerte.
Marco A. González N.
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