Algunas personas lo hacen como reacción a la violencia que se percibe en la sociedad; otras, motivadas por la pérdida de lo que consideran buenas costumbres. Todo el mundo insiste en la necesidad de educar a los niños sobre “los valores”, aunque casi nadie especifica qué es lo que entiende por tales. Si se escarba un poco, se verá que en realidad la mayor parte de quienes hablan del tema no están pensando en valores, sino en formas y normas de conducta. Se piensa sobre todo en respeto: a los mayores, a las instituciones, a las tradiciones, a la propiedad. Todo lo cual está muy bien, pero el respeto, por deseable que sea, no es un valor, sino una forma de conducta. Si pensamos de verdad en valores, posiblemente todos coincidiremos con el maestro de Nazaret en que el valor supremo es el amor. Todos los demás derivan de él. En el espacio social, la expresión más concreta del amor es la solidaridad. Amar realmente es interesarse por el bienestar del otro. Quienes viven según ese principio dedican al bienestar de los demás esfuerzos reales y a veces sacrificios, sin esperar por ello retribución que no sea la satisfacción de haber hecho el bien. A pesar de que esa es una forma perfectamente razonable de Cultura del éxito. No se nos educó para eso. Se nos educó para competir, para tener éxito en la vida y para defender lo nuestro. Se nos educó más para el egoísmo que para la solidaridad. Entonces, si es en serio que queremos inculcar valores sanos en las nuevas generaciones, fomentemos en ellos la solidaridad.
Marco A. González N.
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