Las decisiones políticas se orientan en virtud de las líneas ideológicas, así de simple. Por eso Noboa, al sumir al “Ecuador” como su ideología, siempre fue muy peligroso. Discursivamente suena sublime, precioso, hasta acrisolado, y por eso la gente se mostraba complacida pensando que era una lumbrera de patriota, acaso como pocos. Sobre la primera idea se puede decir mucho, pero hay una idea base: la derecha equivale a reducción y satanización del Estado (léase lapidación), mientras que la izquierda a su fortalecimiento, a una mayor presencia en aras de dignificar la condición de vida de la gente.
A propósito del despido masivo de servidores públicos, aupado tras la aprobación de leyes inconstitucionales, se ha recurrido al ya cansado discurso derechoso del “Estado obeso”, y que gracias a muchos sicarios verbales cala muy bien, especialmente en aquellos de “trabajos independientes”. ¿Estado obeso? Obeso el grado de cinismo, ilegalidad y prejuicio con el que actúa el propio Presidente de la República y sus acólitos, que viven ebrios y obesos de poder.
Yo me pregunto si no es un crimen “enflaquecer” (léase aniquilar) el Estado a costa de los que, históricamente, han tenido que padecer la pesada cruz. Yo me pregunto si no es un atroz crimen dejar de un día para otro, sin empleo, a buenos funcionarios que tienen que saciar no solo su hambre legítima y biológica, sino la de sus hijos. Yo me pregunto si no es un execrable crimen inducir a la ruina a muchos que, habiendo adquirido deudas, tienen que ser víctimas y observadores, al mismo tiempo, del desplome de sus aspiraciones patrimoniales de vida, porque sencillamente los acreedores no esperan.
Pero hay que ser claros. Esto sucede cuando un país, motivado por las bajas pasiones, entrega el timón a un niño rico y mimado que jamás ha dependido de un salario teniendo que ajustarse para llegar a fin de mes, y que siempre lo ha tenido todo. Llámenme como gusten, pero quitarle el sustento a muchos que son buenos servidores públicos es un crimen. Es un crimen denigrar la vida y su dignidad, su desarrollo humano pleno.
José Luis Íñiguez G.
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