Saca tu celular, observa, analiza, aterrorízate, conmuévete un poco, y si eres mucho más contumaz indígnate y comenta. Ahora bloquea pantalla guárdalo y continua con tu vida, por hoy has cumplido como ser humano.
Porque sí, porque es simple, porque las cosas atroces que pasan en el mundo nunca pasaran acá, estamos muy lejos, somos diferentes, somos gente de bien; además, somos católicos muy creyentes y muy fehacientes, tanto que apoyamos indeleblemente al judío, aunque ni siquiera sepa que es La Tora.
Continúo mi día, me aburro, reviso redes, pero ahora me indignó por algo más cercano, por algo “REAL”, y es que la gente no comprende que parecemos mendigos sentados en una olla de oro, que el desarrollo está en las minas, en el oro, y en todo cuanto podamos sacar debajo de la tierra.
Que importa la naturaleza, total se regenera por sí sola, y la minería responsable a gran escala no daña el medio ambiente, al contrario, da trabajo y desarrollo, que es lo que necesita este pueblo. Ahora jalo la cadena y vuelvo a la rutina.
Y así transitamos, pensando que las bombas que caen en oriente no repercute en mi economía, que el mercado se regula solo y siempre por el bien de todos. Que el agua que bebo está garantizada por siempre, que arriba en los tanques ya le ponen el cloro suficiente y con eso basta. Que las balaceras solo son allá en la costa, de gente marginal y narcos, que acá estamos tranquilos.
Pero las burbujas siempre se rompen, y la caída no avisa, solo esa terrible sensación de vacío y luego el golpe, pero entonces ya es muy tarde. Y llega el momento en el que no eres espectador, sino protagonista del colapso, y ya no estarás detrás del celular sino delante, porque las olas siempre llegan a la orilla, y devuelven toda la tragedia que sucede en alta mar; porque el horror de la guerra es un imán de desdicha, y la negación de lo evidente es solo la aceptación de tu final.
Jorge Ochoa Astudillo
jorge8astudillo@gmail.com