¡Qué contraste entre el compartir del Evangelio, y el acaparar de la cultura de consumo!
En el Evangelio, Mateo nos presenta las metáforas de la sal, la luz y la ciudad puesta en lo alto, para ayudarnos a entender los efectos que debe producir nuestra vida en el mundo. No podemos ser sal, ni luz si nuestro corazón no está lleno de Cristo, entendiendo, que nos hablan de entrega, de servicio, de compartir, y nos recuerda el deber que tenemos de ser luz, sal y ciudad modelo.
El compartir del Evangelio, tiene dos direcciones: Compartir riqueza nacional entre todos los ciudadanos, y compartir lo nuestro con los que tienen menos. El acaparar del Neoliberalismo, tiene una sola dirección: Acumular lo más posible en el menor número posible de manos. Toda está en función de unos pocos que, desde el poder, se sienten los dueños.
Jesús habla simbólicamente de ser sal y luz. Los cristianos somos sal aportando al mundo los valores del Evangelio. Somos luz haciendo buenas obras, que “brillen delante de los pobres”.
Las buenas obras las señala la Palabra: compartir el pan con el hambriento; vestir al desnudo… El responsable de la pobreza no es Dios. Es la injusticia social; es el egoísmo de los poderosos que no aceptan que lo que ellos tienen en demasía es “el jornal que defraudaron a los obreros” que trabajan en sus empresas. Es la falta de decisiones políticas, que permitan compartir, a través de la justicia social, la riqueza nacional entre todos los ciudadanos.
El pueblo, seducido por las promesas, pone en el poder a personas, que no toman tales decisiones políticas. ¿Cuándo cambiará eso? Cuando asumamos la política como una exigencia de la fe.
El cristiano es sal, siendo testigo del Reino de Dios: sus obras hacen presente la salvación. La sal da sabor a la comida ¡Qué maravilloso será el mundo cuando lo condimentemos con la sal del Evangelio!
Edgar Alejandro Ojeda Noriega
eaguasysuelos1@gmail.com