Hace algún tiempo hubo un rey que moldeó el poder a su conveniencia, invocando la justicia social y la democracia de las grandes mayorías. El pueblo —o gran parte de él— le creyó y edificó su reino verde. Hubo aciertos y errores, pero, en última instancia, se hacía lo que el monarca dictaba desde su trono.
Después apareció un rey que, poco a poco, también acomodó el poder bajo el pretexto de la seguridad y la defensa de la democracia. El pueblo volvió a creer, y se levantó el reino morado. Hubo aciertos y errores, pero, otra vez, el trono fue la única fuente de decisión.
En el futuro surgirá un nuevo reino —todavía sin color definido— que usará como bandera la urgencia del mañana y la democracia de las grandes mayorías. El pueblo, probablemente, volverá a creer. Y ese reino también tendrá aciertos y errores, pero se hará lo que el nuevo monarca disponga desde lo alto de su silla.
El pueblo, que fue súbdito del reino verde y después del morado, será también el del próximo color y habrá apoyado a los tres. Y los consejeros reales —que hoy defienden al monarca morado— fueron en su día leales al verde, y mañana se pondrán al servicio del próximo trono.
La pregunta es inevitable: ¿cuándo dejaremos de vivir en reinos y pasaremos a ser una verdadera república?¿Cuándo la democracia dejará de ser excusa para nuevas formas de autoritarismo? ¿Cuándo el pueblo asumirá su responsabilidad, se mirará con autocrítica y dejará de pedir reyes que decidan por él? ¿Cuándo nuestros gobernantes pasarán por el poder más no se convertirán en él?
El futuro de Ecuador no está en el color de un nuevo trono, sino en que los ciudadanos reconozcamos al otro, trabajemos juntos y transformemos el conflicto en cooperación. Solo entonces dejaremos de necesitar monarcas, y empezaremos, por fin, a gobernarnos como república.
Pablo Ruiz Aguirre
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