A medida que crecía, solía escuchar con cariño comentarios como «tu risa es como la de mi abuela» o «tienes la sonrisa de tu tía». En ese entonces, estas observaciones parecían simples elogios, pero con el tiempo, me intrigó la complejidad detrás de estos gestos aparentemente simples. La risa y la sonrisa, manifestaciones aparentemente cotidianas, son en realidad expresiones profundas de nuestra humanidad.
La risa, como un eco ancestral, lleva consigo el legado de nuestras raíces familiares. Es un puente que conecta generaciones, un hilo de alegría que se teje a lo largo del tiempo. Cada risa lleva consigo la resonancia de quienes nos precedieron, como un suave recordatorio de que la expresión emocional es una herencia compartida.
La sonrisa, por otro lado, es la ventana del alma, revela la belleza de nuestra capacidad para expresar alegría, ternura y compasión, da igual su forma, tono o dimensión. Es un lenguaje universal que trasciende barreras lingüísticas y culturales, comunicando emociones que a menudo son difíciles de expresar con palabras, es un símbolo de fortaleza porque a veces estas también guardan dolor.
Sin embargo, lo que siempre me ha cautivado es la ausencia de la risa. ¿Qué se esconde detrás del silencio cuando la risa no se hace eco? En esos momentos de quietud, surge la pregunta sobre lo que llevamos dentro, lo que nos aflige o preocupa. La risa, al igual que su ausencia, se convierte en un reflejo de nuestra experiencia interna más profunda.
La risa, cuando la disfrutamos, nos envuelve en una burbuja de alegría efímera. Pero es cuando se retira, cuando experimentamos el vacío de su ausencia, que comprendemos la magnitud de su poder. Son más que simples gestos; son vínculos que conectan nuestro pasado, presente y futuro, y son testigos silenciosos de nuestra capacidad para experimentar y compartir emociones.
Viviana Chuquimarca Carrión
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