La historia de la política ecuatoriana, en numerosas ocasiones, ha sufrido transformaciones milagrosas que cambian los hechos tristes y vergonzosos, en supuestos momentos de gloria para el Ecuador. Con intencionada ignorancia histórica se añoran las presidencias de Velasco Ibarra en las cuales, en el imaginario colectivo, había honradez impoluta, cuando en realidad fueron una sucesión de escándalos y desatinos que han moldeado nuestras actuales desdichas políticas. Lo propio sucede con la lamentable actuación del Partido Social Cristiano en la historia del Ecuador. Ponce Enríquez en los años cincuenta, Febres Cordero en los años 80 y Nebot Saadi en los años siguientes, constituyen una dinastía que impuso un modo violento y brutal de hacer política. La prepotencia y el uso de la fuerza son las características perennes de este viejo estilo que, en el fondo, se acerca al método con el cual los antiguos “gangsters” norteamericanos manejaban sus territorios. Hace pocos días hemos visto un ejemplo de esta forma de obrar salido de manos de la improbable heredera de aquella estirpe. La alcaldesa Cinthya Viteri, alegando un sorprendente amor a la niñez desposeída, desde el sillón heredado del gran Olmedo, con mirada amenazadora y gesto feroz, ha ordenado la clausura de los colegios que buscaban recomenzar su labor. Desde luego no se trata de ninguna acción que busque el bienestar de los educandos, simplemente es una afirmación de poder respaldada por el uso ilegítimo de la fuerza pública. Un destemplado grito, un “aquí mando yo”, un manotazo en el escritorio, un rugido iracundo como aquellos que tantas desgracias trajeron a nuestra pobre Patria. El Ecuador, y su sistema de administración de justicia ya no pueden seguir temiendo a rugidos, deben recuperar su dignidad y castigar de manera ejemplar la necia actitud de la actual usufructuaria del socialcristianismo.
Carlos García Torres
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