Los grandes triunfadores del siglo XXI recorren sus sendas de gloria bajo la sombra de dos gigantes: el individualismo y el egoísmo. El bienestar propio es la medida de todas las cosas. El objetivo último de toda la sociedad debe ser el individuo. Si tal individuo es capaz de acumular dinero sus merecimientos aumentan. Si alcanza la categoría única de millonario global su perfección alcanza las altas nubes. De forma que la economía y la política dirigen sus metas al culto de la riqueza, encarnada en estos seres pseudo divinos. No debe extrañar, por tanto, que la visión del Estado (de todos los estados) surja de la óptica deformada del privilegio. Y así, se considera que todos los bienes son fruto del esfuerzo individual y todos los males producto de la masa vaga e inconsciente.
Esta forma de razonamiento se hace patente en las bobadas que abogados, legisladores y periodistas sueltan de cuando en cuando. Estas personas utilizan como base para sus razonamientos un caso particular. Sobre este caso estigmatizan a un grupo de seres humanos y les achacan los males que aquel suceso pudo haber causado a la sociedad. Una vez que tienen identificadas a las víctimas sus cerebros enmohecidos, adormilados por la falta de uso, sólo pueden pensar en el castigo, en la retribución, en la venganza como forma máxima de justicia. El capricho y el orgullo rápidamente reemplazan al pensamiento. Consideran que las opiniones de los expertos, los esfuerzos de las teorías, las experiencias de otros países no pueden compararse a sus propios delirios. Y así, desde las atalayas de las redes sociales, desde el foro o desde las inmerecidas curules claman sangre en la forma de penas inhumanas. El último ejemplo de tal abismo intelectual proviene de un quídam (si tiene un nombre no vale la pena recordarlo) que pide que las penas para los niños, niñas y adolescentes se aumenten a quince años de privación de la libertad. No faltarán voces que lo aplaudan y lo promocionen. Al fin y al cabo, según el ejemplo de Netanyahu y Epstein, los niños son víctimas fáciles y redituables para el poder.
Carlos García Torres
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