En política, parece que ya no existen colores de camiseta, sino camisetas de colores que cualquiera puede ponerse según la temporada. Hoy se defiende una bandera y mañana otra; hoy se condena una idea y, cuando resulta conveniente, se la abraza sin demasiadas explicaciones. La coherencia ideológica parece haber cedido espacio al cálculo electoral.
Esto ocurre tanto en la izquierda como en la derecha: militantes, dirigentes y candidatos cambian de camiseta con una facilidad que demuestra que, demasiadas veces, la política se construye alrededor de intereses personales y no de convicciones. Algunos partidos terminan funcionando como organizaciones de alquiler: prestan su nombre, su número y su estructura a quien pueda garantizar votos, aunque no necesariamente comparta sus principios. El éxito partidista parece medirse cada vez más por estadísticas electorales: cuántos alcaldes, prefectos, asambleístas o concejales se consiguieron. Se celebra el número de cargos alcanzados, pero pocas veces se pregunta qué proyecto de país representan esos cargos o qué transformación pretenden producir.
Los partidos deberían ser mucho más que un número en una papeleta. Deberían formar dirigentes, construir propuestas, defender principios y plantear alternativas para generar empleo, reducir la pobreza, mejorar la educación, aumentar la productividad y promover el desarrollo. Cuando un partido sirve únicamente para llegar a un cargo, deja de ser una alternativa política y se convierte en un medio de transporte electoral. Y un país no se desarrolla cambiando pasajeros, colores o camisetas, sino definiendo un destino.
Santiago Ochoa Moreno
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