El ocaso de lo público

La historia institucional de Loja hunde sus raíces en el siglo XVI, cuando el 8 de diciembre de 1548 el capitán Alonso de Mercadillo estableció formalmente el Cabildo colonial en el valle de Garrochamba. Aquella génesis no nació del altruismo, sino de los intereses particulares de la conquista; asegurar el control territorial, repartir encomiendas y extraer riquezas. Sin embargo, con el paso de los siglos, esa estructura de poder fue moldeada por hombres ilustrados, encontrando su contrapeso ético a finales del siglo XVIII y albores del XIX en figuras como Don Bernardo Valdivieso. Su desprendimiento cívico —donando su propio patrimonio para la educación y el progreso— sembró una visión distinta de la ética pública, donde el cargo debía ser una responsabilidad de servicio y no una vía de saqueo. Aquellos personajes entendían que el erario emanaba del esfuerzo social y exigía rigor y probidad.

En la actualidad la desvergüenza ha regresado con creces. Contemplamos con estupor cómo la estructura municipal ha sufrido una mutación peligrosa, transformándose en un reducto de incompetentes. El cabildo, que debe ser el motor del desarrollo del cantón, se ha convertido en la puerta de entrada para la corrupción y el desfalco sistemático de los recursos ciudadanos. Lo que alguna vez intentó elevarse como un espacio de planificación técnica y capacidad profesional, opera como una agencia de empleo clientelar, donde la burocracia no permite agilizar los procesos que dinamicen la urbe, sino únicamente para encubrir la ineptitud y el reparto.

Lo más grave no es solamente la voracidad de los administradores de turno, sino la metástasis en la resignación social. El contribuyente asiste pasivamente al desfalco de sus bienes, habituado a la mala gestión y anestesiado por una apatía que roza lo imperdonable. Nadie reclama. Hemos normalizado la deshonestidad y aceptado que la incompetencia sea el estándar del funcionario promedio.

Si no nos sacudirnos de este letargo, la probidad cívica será un espejismo. Seguiremos siendo cómplices del desmantelamiento de nuestra propia casa, condenando a Loja a una decadencia de la cual muy difícilmente retornaremos.

Pablo Ortiz Muñoz

acuapablo1@hotmail.com

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