El poder y la autoridad tienen un sincronismo en el tiempo y en la gestión del mandatario al servicio de su mandante; el poder es efímero, transitorio, tiene un lapso que transcurre vertiginosamente y su final es una ventana a la gloria… o un camino al despeñadero. Quienes están en el poder -gran parte de funcionarios- tratan de trascender en la función pública, de escribir una página gloriosa en la historia de una institución; para ello, deben ser auténticos, servir con transparencia y vivir con dignidad. La autoridad en el poder no se la impone… se la merece; ¿cómo? …enseñar haciendo.
El poder se lo gana en las urnas, pero se lo merece en el desempeño de las funciones, cuando estas dos premisas se cumplen: poder y autoridad… se inicia el camino a la consagración, el reconocimiento popular y la satisfacción del deber cumplido; cuando sucede lo contrario, es decir, acceder al poder por una suerte de lotería o por el analfabetismo político del pueblo a causa del engaño y el descontento ciudadano, el resultado es obvio, mandatarios dedicados a servirse del cargo para saciar sus vicios o las bajas pasiones de su débil personalidad.
Cuando los mandatarios confunden el objeto de su accionar, la administración se vuelve caótica, conflictiva, clientelar; su gestión es pobre, de mala calidad y envuelta en actos de corrupción… surge entonces la soledad del poder que, condena sin misericordia a quienes han abusado del mandato popular, los excluye de la realidad social y los inscribe en las páginas negras de la historia.
Hay, políticos que han forjado una vida digna a través de su atildada gestión comunitaria y su invalorable aporte al desarrollo del país, ellos tienen un lugar preferente en los corazones de sus mandantes y aquello se escucha en las calles, en los parques, en los registros históricos de cada una de sus comunidades; mientras que otros que hicieron del poder una cadena de abusos, de maldad y venganza personal; hoy viven en el rincón de la soledad… en la pobreza de sus ideas, o tropezando en la oscuridad de sus propios desenfrenos.
El pueblo aplaude a quienes han cumplido su gestión, y en igual forma, condena a quienes han malversado la confianza popular, convirtiéndolos en cadáveres políticos sin esperanza de resurrección, dejando que la historia condene cada una de sus acciones; para que esto suceda les deseamos: …buen viento …y buena mar.
Lenin Paladines Salvador
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