La frase atribuida a Friedrich Nietzsche “Hay un solo derecho humano básico: el derecho a hacer lo que a uno le plazca, pero con ese derecho viene también el único deber humano: aceptar las consecuencias” encierra una verdad difícil de ignorar. Aunque no podamos confirmar su autoría, expresa con claridad la idea de voluntad y responsabilidad: la libertad de actuar siempre trae consigo el deber de responder por lo que hacemos.
En nuestro país, esta máxima es más urgente que nunca. Vemos cómo quienes están en la cima del poder ejercen su voluntad sin límites aparentes y con el respaldo de un sistema que parece hecho a su medida, actúan confiados en que nada los alcanzará, por una sensación de impunidad que se alimenta de estructuras débiles de control y de la falta de exigencia ciudadana.
Ninguna acción ocurre en el vacío; cada decisión y cada omisión tiene consecuencias, aunque no siempre sean inmediatas; un acto de corrupción puede tardar años en mostrar sus efectos, pero tarde o temprano la factura llega: servicios públicos deteriorados, inseguridad, pérdida de confianza en las instituciones. Y aquí entra la responsabilidad ciudadana: somos nosotros quienes entregamos ese poder con nuestro voto y nuestra confianza.
También somos nosotros quienes debemos exigir que se cumpla la segunda parte de la frase: que enfrenten las consecuencias; si ellos tienen el derecho de hacer lo que quieran, nosotros tenemos el deber de hacer que rindan cuentas.
La pasividad es el mejor aliado del abuso; cuando el pueblo calla, el poder interpreta ese silencio como permiso. No basta con indignarse en privado ni con comentar en redes sociales; la participación, desde la protesta pacífica hasta la vigilancia del gasto público, es la forma de romper el círculo de impunidad.
No podemos ser espectadores de nuestra propia historia; debemos recuperar la entereza, la valentía y la conciencia cívica que exige este momento.
La libertad sin responsabilidad se convierte en caos, y la responsabilidad sin acción se convierte en complicidad, si la libertad es el derecho a hacer; la responsabilidad es el deber de asumir. Para construir un país justo, debemos asegurarnos de que nadie pueda escapar del peso de las consecuencias de sus actos. Esa es la única garantía de que la libertad no sea privilegio de unos pocos, sino un derecho real para todos.
Mauricio Azanza O.
maoshas@gmail.com