Lastimosamente, en nuestra sociedad, lo correcto se ha convertido en incorrecto, y lo incorrecto se asuele generalizar como una buena costumbre que hay que pasar de generación en generación, en vez de detenerlo a toda costa.
Para iniciar, por ejemplo, a todo aquel que no le gusta emborracharse (aunque hay muy pocos casos), en toda reunión social está quien intenta emborracharlo como si estar borracho fuera tener alguna clase de éxito (cada quién “disfruta” las reuniones sociales como quiere, no se debe forzar).
En los trabajos, generalmente, al que mejor se desempeña o hace bien una actividad, en ves de premiársele, se le duplica el trabajo; al vago, o al conflictivo en cambio, para evitar problemas, se le disminuye. Quien ocupa cargos importantes, o dirige grupos, no siempre es el más capaz, o incluso, quien lidera una actividad, muchas veces no tiene ni idea de cómo se hace (si bien no es una regla, pasa a menudo).
Al tranquilo, al calmado, siempre habrá quien le busque hacer perder la paciencia, y al mal humorado, generalmente se le confunde como alguien fuerte. Al que cumple las reglas, se le tacha de “bobo” y se le aplaude al que no las respeta. Al que hace un reclamo fundamentado se le acusa de problemático, y al que se queda callado, aunque deba reclamar, se le considera un aliado. Este mundo al revés, no cambiara solo con opiniones, sino con acciones, aunque se puede iniciar, con reflexiones.
Santiago Ochoa Moreno
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