Muchos pensarán ¡más preparado el joven, mayor su éxito!, algo para nada real. Está comprobado que los jóvenes que han estudiado menos logran insertarse más rápidamente en el mercado laboral, debido a las demandas laborales; que en muchas ocasiones se alinean a habilidades prácticas y experiencia, que, a nivel educativo formal; a esto se suma el tiempo que dedican los jóvenes a esforzarse estudiando, frente a los que no, que lo dedican a establecer redes de contacto o trabajar en empleos informales, generándoles oportunidades y contactos.
Así mismo, las necesidades obligan a los que no se esfuerzan a emprender o trabajar como freelancers, permitiéndoles generar ingresos rápidamente; sumándose las habilidades interpersonales y emocionales, que en la actualidad son más valoradas por los empresarios, ya que les permite desarrollar habilidades.
Según el informe ‘Youth Employment in the 21st Century’ los jóvenes con niveles educativos más bajos tienen tasas de empleo más altas en sectores que no demandan educación superior. La OIT (2019) establece que, en los países en desarrollo, 50% de los jóvenes que no completan la educación secundaria están empleados en comparación con los titulados universitarios. Autores como Acemoglu (2021), Romanó (2023) y Botello (2012), demuestran que el desajuste en la educación y el mercado laboral, muestran que, el crecimiento de empleos en sectores que no demandan habilidades avanzadas beneficia a aquellos con menor educación. Por otro lado, la sobre educación se ha vuelto un problema en algunos países, muchos graduados universitarios no encuentran empleo acorde al nivel educativo, generando frustración y desempleo relativo. Sin olvidar, las habilidades que generan algunos jóvenes, que, al no direccionar su atención a estudiar, la direccionan a buscar los mejores beneficios, con el mínimo esfuerzo, muy común en las universidades públicas, influyendo en esto también el contexto económico, social y político, tanto familiar, como del país.
Pablo Ortiz Muñoz
acuapablo1@hotmail.com