Cada 15 de abril evocamos desde 2012, el Día Mundial del Arte, una fecha que suele llenarse de parafernalia institucional, pero que nos invita a una reflexión profunda sobre la esencia del creador. Como sociedad, hemos olvidado que el arte, en su estado más puro, es un ejercicio de desprendimiento y sensibilidad.
Si el acto de crear no sensibiliza primero al artista, difícilmente podría considerarse arte. Existe una diferencia abismal entre el ejecutor técnico y el creador genuino. Lamentablemente, abundan quienes transitan por las sendas de la estética no por un afán de trascendencia humana, sino por la sed de la fama o el dinero. Quien no busca ser un mejor ser humano a través de la expresión de sus emociones, solo está produciendo mercancía decorativa, porque el verdadero arte exige una entrega ética, un compromiso con la verdad interna que sacude al espectador porque primero sacudió al autor.
Es reconfortante ver que, frente a la vacuidad comercial, surgen faros de luz que apuestan por la formación y el rigor. Un ejemplo de ello, ha sido lo vivido en nuestra campiña lojana. El escenario del Teatro Segundo Cueva Celi en Loja brilló con la inauguración del Festival Concurso Nacional de Piano «Toshko Stoyanov», una iniciativa loable promovida por el Conservatorio Salvador Bustamante Celi, en donde no se ejecutaron únicamente notas con precisión, sino que se trató de una cátedra de humanidad. Jóvenes pianistas de diversos rincones del Ecuador demostraron que la dedicación y la técnica son solo el vehículo para una pasión que busca conectar con el otro.
«Estas iniciativas no solo descubren talentos; son fundamentales para la formación de públicos críticos y sensibles.» Desde estas cortas líneas saludo a todos los artistas que entienden su oficio como un servicio al alma. Aplaudo al Conservatorio y a cada joven que, sentado frente a sus instrumentos musicales, eligen la autenticidad sobre el espectáculo. Que el arte nos siga salvando de la indiferencia.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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