Si no lo sabe o no lo recuerda, es el honor; cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo, un compromiso con la verdad incluso cuando nadie está mirando; caracterizado por honestidad, honradez, dignidad, respetabilidad, integridad, nobleza, decencia, rectitud, entereza y lealtad, que construye una reputación y la mantiene a través de la coherencia; manifestándose principalmente a través de reglas no escritas, pero estrictamente compartidas, que dictan lo que es aceptable, noble o valiente.
Ser honorable significa, que como individuos integramos estos ideales en nuestro accionar de tal manera que su incumplimiento no solo nos genera un escarmiento externo, sino una pérdida de identidad personal, lo que superficialmente puede parecer un concepto de siglos pasados, relegado a los duelos de caballeros de armadura brillante o sin ir tan lejos a los pocos que hoy en día si hacen la excepción a la regla, aplicando el honor como uno de los motores más poderosos de su comportamiento, no solo como un sentimiento de orgullo; sino como un sistema de regulación ética, que lamentablemente en la actualidad es interpretado como un estándar de conducta que trasciende la conveniencia, pasando de ser una cuestión de «sangre y espada» a convertirse en una gestión de «clic y reputación”, devolviéndonos a una cultura donde la opinión de los grupos pesa más, que la culpa individual porque las reglas del juego son escritas en código y juzgadas en tiempo real.
Talia Guerrero
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