Defendernos del Estado

Cuando hay procesos de excesiva concentración del poder en las esferas estatales, conviene pensar en que es necesario defender la sociedad, y defenderla de ese mismo estado que la gobierna. Defenderla de la agresión en nombre de la ley, defenderla de la arbitrariedad, de la inoperancia, defenderla de los intereses que amenazan los servicios públicos o la convivencia pacífica. Hay que proteger a la sociedad de sus enemigos que juegan a ser sus cuidadores. En este país, por ejemplo, abundan las sospechas y casi no hay dudas, de que el poder está infestado, especialmente en las instituciones que deben garantizar la paz.

Philip Abrams, en los años setenta del siglo pasado, escribió un texto donde pone en cuestión al estado, y se pregunta qué mismo es el estado. Él cree que desde el mismo estado se crean las definiciones, y que eso provoca que hablemos del estado con el lenguaje que el mismo estado otorga: eso nos lleva a hablar del estado, sin saber si ese conocimiento es cierto.

Lo que se dice que es el estado, no es lo que su práctica indica. Por eso, plantea una idea que es necesario seguir pensando: “el estado es (…) el triunfo del ocultamiento. Oculta la historia y las relaciones de sujeción reales detrás de una máscara ahistórica de legitimidad ilusoria: se las arregla para negar la existencia y las conexiones y conflictos”. El estado, dice Abrams, es la máscara que impide ver la práctica política tal cual es. Es esa máscara que legitima lo ilegítimo, que hace legal lo ilegal, y que torna normal lo que un día era excepcional.

Hay que preguntarse entonces qué se oculta tras la máscara del estado, qué nos impide ver, qué se fragua a la sombra de su propia fachada.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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