Hace una semana, mientras recorría el centro de la ciudad, observé cómo estudiantes de un plantel, de manera bastante desaprensiva se dedicaban a jugar carnaval con acciones rudas y antiestéticas: se perseguían por la vereda de manera muy rápida, el que iba adelante trataba de evadir la acción grotesca de su compañero que, al alcanzarle le llenó la cabeza con un huevo y todos sus componentes. Pensé: en cuántos hogares esos huevos serían un rico alimento; acá un vulgar desperdicio. Después, alumnos de ese mismo plantel, aprovechando que llovía, los más fuertes, a la fuerza, arrastraban a sus víctimas, para que la abundante agua que caía los bañe. Muchos se habían detenido para “disfrutar” de la singular escena.
Y pensar que aún estamos a dos semanas de los clásicos lunes y martes de carnaval que, este año serán 16 y 17 de febrero, fechas en las que, en nuestro país, se celebra de diferente manera, de conformidad con la tradición: En la mayoría de provincias de Ecuador, la fiesta se concentra en reuniones familiares para disfrutar de ricos preparados alimenticios, abundante agüita por fuera y por dentro, mucha música para demostrar las habilidades para el baile y el clásico “A la voz del carnaval” que, con sus notas alegres y tristes denotan la identidad del pueblo ecuatoriano. Obvio, que se juegue entre familiares y amigos, con la debida autorización de quienes van recibir el baldazo o manguerazo de agua y los polvitos que nos vuelven bastante alhajas. Guaranda es el claro ejemplo.
Solamente en la ciudad de Ambato, la forma de celebrar el carnaval es diferente: cero agua, desfiles, carros alegóricos, flores, papel picado, diversión y mucho baile, por eso concentra a un gran número de turistas que van a disfrutar de este espacio vacacional con alta fruición estética para el cuerpo y para el espíritu.
Ojalá, acá en Loja, que somos muy amigos de lo tradicional, a través de programas preparados por instituciones y autoridades, se cambie la mentalidad de cómo festejar los carnavales, sobre todo en algunos lugares como Vilcabamba, en donde, a ratos, parece que la razón pierde la sensatez y se instala una descontrolada algarabía que llega hasta el bochorno.
Darío Granda Astudillo
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